Esto no es tan duro como lo pintaban, apenas un paseo. Cuanta maricona hay por el mundo! Y como si alguien allá arriba me hubiera escuchado… Comienza la subida al Escamplero. Los primeros repechos por asfalto, hasta alcanzar la senda que te lleva a la cima. 31 grados, sol y viento en calma. ¿Típico día en Asturias no? Ya avisó una mujer al principio de la subida: Andar un día como hoy y con esas mochilas es de locos.
Pero contra todo pronóstico y cuando inconscientemente estoy a punto de marcar el 112 en mi móvil, de entre los árboles se hizo la luz y apareció la cima, y junto a ella un mesón asturiano. Son las 2 y media, así que ni lo pienso, para dentro de cabeza, me acomodo a la sombra en la terraza a disfrutar de la brisa y las vistas, y pido el menú del día: Ensalada de pasta con atún y escalope. Para cuando me trajeron la ensalada, yo ya había dado cuenta del pan a base de aceite y sal, así que como comprenderéis tampoco me importó que la ensalada fuera simplemente pasta hervida y que se hubieran quedado también sin atún. Más aceite, más sal, y yo solito me ventilo pasta hervida para tres. Tengo un poco de angustia, así que cuando llegan los escalopes me como uno y el otro me lo guardo por seguridad como arma arrojadiza. Pago la cuenta (10 eurazos el menú del peregrino), me calzo las botas y me voy flagelándome la espalda con el escalope.
Un paisaje precioso, justo lo que esperaba, vacas, verde y montaña. Al pasar junto a una casa abierta observo un perro, bastante grande y con mala pinta, ladrando desde lejos, lleva una cadena atada al cuello, está bastante lejos y nos separa un terraplén así que continuo la marcha sin prestarle más atención, el perro sigue ladrando ésta vez más cerca, demasiado cerca,… Su perra madre! La cadena medía dos kilómetros o era de adorno pero casi me muerde el culo el muy cabrón, afortunadamente el lenguaje universal de mi bastón es entendido hasta por los animales y el incidente no llega a mayores, en llegar al albergue me cambiaré los calzoncillos…
Por fin aparece Premoño y enlazamos con la ruta de los palacios hacia Grado, preciosa ruta que recorre en parte lo que parece ser los restos de una antigua calzada romana o similar (esto es cosecha propia, puede ser que la hicieran hace un par de años sólo pero la verdad es que da el pego), pero cada vez más el cansancio y el calor me dejan disfrutar menos del paisaje, y empiezo a anhelar la llegada a Grado.
Nada más llegar a Grado empieza la cadena de desgracias: una pareja en un pedazo de mercedes nos ofrece una habitación en alquiler porque el albergue de San Juan de Villapañada está completo, yo declino la oferta porque confío en mi suerte (nota mental: no volver a confiar en ella) y un moscón (así se les llama a los habitantes de Grado) nos ha indicado una pensión a “sólo” 500 metros. Ya desde ésta primera etapa empiezo a comprender que las personas acostumbradas a movernos en nuestros vehículos, no somos conscientes de las distancias. La pensión resulta estar completa y los “solo” 500 metros han resultado ser algo más de 1 kilómetro ya que estaba situado al final del pueblo. Al darme la noticia y apreciar las lágrimas asomar por la comisura de mis ojos, el hijo de los dueños se apiada de mi alma (en pena) y con su coche nos acerca a un “cutre hotel” a un par de kilómetros.
Al recepcionista del cutre hotel “Palpe” las orejas le hacen palmas al verme entrar arrastrándome por debajo de la puerta con mi pinta de peregrino moribundo y a las 9 y media de la noche… Él no tiene piedad y me casca 80 eurazos por una habitación compartida con una familia de cucarachas. Me acuerdo de la señora del Mercedes, de San Juan, de Santiago Apostol, de mi madre, y de pensar en lo mal que lo estaría pasando si me hubiera ido a Ibiza… Los 21 kilómetros que marcaba la guía que me descargué, se han convertido en 32 según mi GPS. ¡Magia!No tengo ganas ni de cenar. Buenas noches
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