A pesar del madrugón, ya es casi medio día, el sol y el calor vuelven a apretar hasta los 33 grados, llevo 5 kilómetros vislumbrando Salas, pero parece no llegar nunca, sobretodo desde que se me ha acabado el agua… Así que cuando por fin entro al pueblo y piso el asfalto, mi tranquilo caminar por el Camino de Santiago se torna “sprint” cuando diviso el primer bar a la entrada del pueblo, acabo con todas sus existencias de Aquarius y permanezco en estado comatoso alrededor de media hora en la terraza, hasta que finalmente me armo de valor y reemprendo la marcha…
Después de comer, ducha y siesta leyendo “Las mil y una noches” que me prestan en el hotel… Cuando despierto me calzo mis chancletas y con un andar al más puro estilo cowboy americano (las agujetas y las primeras rozaduras empiezan a causar estragos) me doy un paseo por el bonito pueblo en busca de la farmacia más cercana. Por el camino conozco a dos “Hippies” que están haciendo el camino sin dinero, uno español, de unos 50 años, dice ser poeta; el otro con marcada apariencia y acento escandinavo y de unos 25 parece ser su aprendiz. Están tocando un didgeridoo y pidiendo limosna como ayuda para terminar el Camino de Santiago. Me caen muy simpáticos, así que colaboro sin pensarlo con su causa con todo lo que llevaba suelto en ese momento. Cuando por fin llego a la farmacia compruebo que sólo llevo 5 euros (el resto que me faltaba era la chatarra que doné) así que me decanto por las vendas elásticas y desecho las tiritas: Las rozaduras duelen cada vez más, pero durante la marcha te acostumbras por momentos, mientras que sin embargo una tendinitis no me permitiría acabar el camino.
Con la noche cayendo y la niebla tomando el pueblo, me retiro al hotel y me acuesto. Eso sí, cenando antes como un campeón con vino tinto incluido. Hoy me siento muy feliz y esto ya empieza a parecer más unas vacaciones en lugar de un calvario.
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